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Reseña escrita por ENRIQUE GALLUD JARDIEL

La prosa en forma de diario o carta es especialmente complicada y hasta diríamos que constituye un obstáculo que el escritor se impone voluntariamente para disfrutar del placer de vencerlo, haciendo de su literatura no solo un arte, sino también un juego con retos. Ello se debe a que el uso de la primera persona en narración formal obliga a quien escribe a respetar unas convenciones lingüísticas, a no salirse de una pautas y a renunciar a los diálogos directos y otros recursos literarios siempre eficaces. Curiosamente, hay obras preciosas en este técnica, desde las Pobres gentes de Dostoievski hasta El jardín de las dudas de Fernando Savater. Esta novela de Alba Ramírez no desmerece en absoluto del género, por su gran habilidad narrativa y su capacidad para que entremos en el mundo atormentado de la protagonista.

Estamos, pues, ante un logrado ejercicio de estilo. La constante es un descensus ad inferos, en varias partes —abandonos, prostitución, delincuencia, peligros— hábilmente emplazadas y que van en gradación de menor a mayor, consiguiendo el doble y difícil propósito de mantener el interés por lo que viene a continuación y que, a la vez, el lector quiera detenerse a apreciar en su justa medida aquellas virtudes del texto que no son meramente argumentales, sino estéticas.

La novela presenta un curioso contraste entre la oscura sordidez de las peripecias por las que pasa la protagonista y los continuos haces de luz que encontramos en las referencias culturalistas que permean el relato. Las menciones a grandes libros y a profundos pensadores, las alusiones a la música sirven para proporcionar un alivio ante la angustia de la existencia. El arte se convierte en el contrapeso del dolor.


El planteamiento nos sugiere El proceso kafkiano. Ante unas acusaciones imprecisas, la protagonista confiesa sus errores y delitos en cartas a un juez que acaba siendo el lector mismo, quien juzga la importancia de lo acaecido. Al leer, sentimos alternativamente simpatía y antipatía por la narradora; en ocasiones la comprendemos y en otras su conducta es para nosotros un enigma, pero no dejamos ni por un momento de apasionarnos por esa vida tan intensa que se nos describe. La profundidad y los múltiples aspectos del personaje están admirablemente trabajados y transmitidos.

Y en tanto en el hilo argumental como en el estilo narrativo abunda la supreme virtud literaria —a decir del gran prosista, Baltasar Gracián—: la variedad, esa noción mágica sin la cual el arte queda incompleto. Sorteando la dificultad de capítulos de aparente semejanza estructural, la autora sabe darnos hechos y reflexiones diferentes. El proceso de maduración y transformación del personaje de la protagonista queda minuciosamente detallado. La vemos transformarse de capítulo en capítulo y nos hacemos una idea clara del desarrollo de una vida. Con la salvedad de la diferencia temática, podríamos comparar esta obra en intensidad y poder de atracción de la atención del lector con la novela Carta de una desconocida, de Stefan Zweig.

Alba Ramírez Guijarro es una escritora con una excelente base. A diferencia de otras muchas firmas que están en la mente de todos, ha leído mucho antes de escribir, ha aprendido el oficio de la manera más honesta y directa. Su formación filosófica, su actividad editorial y su extrema sensibilidad la capacitan de sobra para emprender estas complicadas aunque gratas tareas de traer al mundo nuevos personajes y presentarnos sus vidas y avatares. A diferencia de sus personajes —que hacen de la ruleta rusa su droga y su negocio— Alba Ramírez no deja nada al azar, sino que ejerce un perfecto control sobre su historia, porque sabe perfectamente lo que está haciendo. Pule su prosa, dosifica sus descripciones, equilibra las pasiones y nos da un bello libro, de esos de los que ya casi no se escriben. Se lo tenemos que agradecer.


Texto original completo:


Vínculo del libro en Ápeiron Ediciones:


Reseña escrita por ELMER RUDDENSKJRIK


En Historias Pulp nos complace presentar esta novela negra editada por Ápeiron Ediciones, una historia que, detrás de su sugerente título, esconde un detallado viaje a los estratos más depravados de Madrid con una descripción minuciosa de la idiosincrasia del crimen. No, no es que sea, a pesar de esta presentación, una novela imposible de leer para el gran público por esa exagerada y detallada descripción de la violencia que, por ejemplo, a mí mismo me gusta ejercer.


Carlos Meneses Cavero, haciendo gala de una cercanía que solo la experiencia propia y el estudio detallado del crimen pueden proveer, ha escrito una novela llena de realismo, suspense, acción y hasta humor, pero utilizando un estilo que no lleva a la imaginación más allá de lo que el lector interesado pueda soportar. Qué mejor manera de describir la sensación de leer esta novela que compararla con cualquier gran película americana del cine negro de la década de 1940: una historia de violencia que se describe con sobriedad y que gana todo su impacto en el lado emocional.


Todos los demonios están aquí empieza con fuerza, relatando cómo un personaje que no tardará en sernos conocido llega a su hogar para darse de bruces con una situación inesperada. La escena sirve para arrojar al lector de bruces contra el ambiente del hampa de la capital de nuestro país, una ciudad que es descrita con evidente conocimiento del terreno en este y muchos de los innumerables capítulos que componen la novela. A partir de los sucesos descritos en este prólogo, la historia retrocederá cerca de dos meses en el tiempo, alternando el día a día de toda una serie de delincuentes cuyas vidas se irán entretejiendo poco a poco, como si una invisible y gigantesca mano de costurera omnisciente las fuera acercando más y más al tirar del hilo.


No quiero nombrar, describir ni dar siquiera pistas de ninguna de las situaciones que se dan en la novela. Todo ello bien vale la pena ser descubierto y disfrutado de manos del propio autor, quien se desprende de todos los farragosos ornamentos descriptivos que a veces pueden torturar a otros autores (y a sus lectores), enmarcando en su lugar, con precisión y las mínimas de las palabras, los personajes y la escena. Carlos Meneses se beneficia de contar una historia prácticamente contemporánea, en la que todos comprendemos a la perfección qué aspecto deben tener las cosas, y es en la imaginación de las acciones y sus consecuencias donde podríamos decir que brilla su imaginación, más si pensamos cómo estas influirán, a veces mucho más adelante, en las vidas de los demás personajes.


A pesar de que la historia está protagonizada por un reparto coral de auténticos delincuentes (los principales son o bien asaltantes profesionales, jefes mafiosos o asesinos a sueldo implacables), Carlos Meneses consigue que se nos vuelvan tremendamente cercanos por su forma de hablar, sus denodados esfuerzos por ganarse la vida y, muy especialmente, por el extremo peligro que corren a veces muy inconscientemente. Es cierto que, en el cine, por ejemplo, es muy habitual que el público se sienta identificado o que al menos sienta una cierta simpatía por personajes que pueden ser despiadados criminales. Sin embargo, el cine tiene una peculiar ventaja principal: los actores. Actores de gran talento y con carisma que dan auténtica vida a estos personajes, dotándolos de gestos, de movimientos, de entonaciones de voz que, al fin y al cabo, pueden ser las de cualquiera que, a simple vista, podría caernos bien. En la literatura es posible transmitir estas sensaciones con una detallada descripción de todos esos mismos detalles; el autor de Todos los demonios están aquí consigue esto de forma bien distinta, a mi juicio.


Las descripciones de los personajes en esta novela a duras penas van más allá del tipo de atuendo que vista cada personaje y su nivel de corpulencia. Aquí y allá puede haber algún otro detalle como un corte de pelo o rasgo distintivo, pero esto no es lo que crea el carisma de los personajes de Carlos Meneses. Este carisma es el realismo, el modo en que estos seres se tratan entre sí, se hablan e incluso se manejan por su casa o por la calle. Para una persona como yo, que suele pensar que los criminales no merecen siquiera vivir, resultó chocante empezar a pensar en que la única diferencia entre algunos de los protagonistas de esta novela y cualquier persona que pueda conocer es a lo que se dedica: en lugar de un trabajo normal, de servicios o de producción, con jornadas extenuantes y un mal sueldo, los personajes de la novela tratan de dedicarse al crimen de forma profesional. Trabajos esporádicos que reportan un buen dinero, sí, pero que conllevan un incógnito, unas medidas de precaución y un constante riesgo para sus vidas por posibles represalias que, para la mayoría de nosotros, hace inconcebible el llevar esa vida, soportar un día a día en esas circunstancias.


No podemos hacer más que recomendar esta novela a toda clase de lector, salvo que sea especialmente impresionable. Es divertida, diría que instructiva, fácil de leer y ciertamente emocionante. Y, a pesar de no poner en boca de ningún personaje ningún gran discurso, es una obra adecuada, incluso, para la reflexión.


Texto original completo:


Vínculo del libro en Ápeiron Ediciones:

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